Ni débiles ni sumisas, más bien constructoras de su propio destino y un poco más: doblemente heroínas, porque el cerco imperial que obliga a lo austero les añade un peso adicional en sus vidas.
Se les ve en campos y ciudades, en las más disímiles profesiones; madres, esposas, hijas, siempre firmes, plenas de amor y convicciones, valores que florecen mejor cuando ellas están presentes.
Viven en Cuba, y eso dice mucho, pues el contraste es evidente cuando se da una mirada alrededor y se compara, aunque los hipercríticos traten de encontrar la mancha.
Cada mujer que habita esta isla lleva consigo un privilegio de igualdad anunciada y cumplida, en la que nunca prosperará el muérdago de la humillación.
Quizás en lo doméstico es donde radique el gris del machismo, pero la existencia cotidiana demuestra que el pensamiento evoluciona y magnifica la igualdad de género.
Junto a los hombres, las féminas cubanas construyeron la nacionalidad, hicieron la Revolución y ahora la defienden. Cuando la dignidad nació en esta isla, de la mano del independentismo, germinó el derecho de la mujer cubana a la libertad, a un presente digno y a un futuro que la tiene entre sus proyectos más importantes.
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